Carente ya de ilusión
se fue mi padre de aquí,
sin tener ya solución,
casi, sin querer vivir.
Lleno de escaras por fuera.
Todo él, hueso y pellejos.
Solo se salvo su cara,
brillante como un espejo.
Lleno de vendas y pomadas.
Lleno, de medicamentos.
Sin que le entrara en su cuerpo
el más, mínimo alimento.
Sin hablar,
sin moverse de su asiento,
empotrado en una cama
sin ser dueño, de su cuerpo.
Hasta el final de su vida
conservó, su buen humor.
Estando en el hospital,
él, me tocaba las palmas
(sus únicos movimientos,)
para que yo le bailara
por rumbas o sevillanas.
Pero nunca las bailé
por no ser lugar propicio
aunque ahora me arrepienta
no haberle dado el capricho.
Deberíamos de morirnos
cerrando solo los ojos,
sin tener que padecer,
sin perder la dignidad,
con un sueño placentero.
Dormirnos, y nada más.
María A. Catalá
2005-02-14

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